En el umbral de una nueva dinámica política

por Nicolás Solari 05/08/2017

Acaso inadvertidamente, los argentinos estemos asistiendo al surgimiento de una nueva dinámica política. Con asombrosa rapidez, el escenario político nacional se transformó durante los últimos 20 meses. No, no nos extraña que un gobierno identificado con la izquierda latinoamericana haya sido reemplazado por una novedosa coalición de centroderecha. La democracia electoral está diseñada justamente para facilitar este tipo de transiciones, que -dicho sea de paso- son comunes en todos los países donde la democracia funciona razonablemente bien. Lo que sí debería llamarnos la atención es la volatilidad del electorado, el ritmo con el que mutan sus preferencias y la consiguiente endeblez de las estructuras políticas tradicionales.

La política, hoy más que nunca, es plasticidad y movimiento. Nada es estático. Los ciudadanos activan su interés y participación para luego perderse en la apatía y la desgana. La agenda pública se asemeja a un trompo sin control, donde las cuestiones se suceden sin nunca ser del todo resueltas. Los dirigentes políticos transitan ciclos cada vez más breves de apogeo y decadencia. Las coaliciones electorales se ensamblan para luego estallar por los aires, incapaces de aprehender una representación cada vez más dinámica y esquiva. Es un fenómeno global. En Estados Unidos, las élites asisten perplejas al ascenso de Donald Trump, un improbable líder de la sociedad global. El escenario se replica en el viejo continente. El joven Macron se consagra en Francia, sepultando el dominio ininterrumpido que socialistas y republicanos se alternaron desde hace medio siglo. En Argentina, peronistas y radicales -los que aún sobreviven- presencian al ascenso de Macri al panteón vernáculo de los líderes democráticos.

Esta política crecientemente desestructurada -o líquida en términos del consultor Jaime Duran Barba- debe su impronta a fenómenos revolucionarios como la globalización de la información, la democratización de la Internet y la comunicación espontánea y desintermediada de las redes sociales. La tecnología acelera y multiplica el cambio, pero no lo genera per se.

Para identificar la génesis del cambio hay que volver a los motivos de siempre. La sociología política identifica razones económicas y sociales a la hora de explicar las mutaciones políticas e ideológicas de una población. En este sentido, el cambio, como fenómeno político individual y colectivo, acontece cuando se trastocan las condiciones materiales de las personas (escuela económica) o cuando se modifican los intereses del sujeto (escuela social). En la Argentina, cuando no, acontecen ambas al mismo tiempo.

Los sondeos electorales -esa herramienta de investigación vilipendiada pero imprescindible- constatan la existencia de un país de miradas contrapuestas. Por un lado, están aquellos que decidirán su voto por razones políticas. Entre ellos, se impone holgadamente el oficialismo. Se trata de un electorado que ansía transformar la cultura política de la Argentina. Erradicar la corrupción y el populismo, la soberbia y la impunidad, dicen los entrevistados a la hora de concretizar el reclamo. En el otro extremo están los electores que privilegian las cuestiones sociales y económicas al emitir su voto. Para ellos el empleo, el consumo y la intervención del Estado en la esfera social y económica son cuestiones previas e irrenunciables. Es allí donde la oposición se hace fuerte y el gobierno tambalea. Es que más allá de incomprobables cuestiones ideológicas, el votante del cual abreva el peronismo -pieza central de cualquier engranaje opositor competitivo- es esencialmente pragmático. Acompaña en tiempo de bonanza económica, se revela cuando lo manda el bolsillo.

Cambiemos es una herramienta electoral construida en torno a Macri para satisfacer la demanda de cambio político que surgió y se consolidó durante el kirchnerismo. Paradójicamente, es una coalición que acentúa la gestión por sobre la política y los resultados por sobre la ideología. Su fortaleza está más en la forma que en el contenido, en el método que en la sustancia. ‘Haciendo lo que hay hacer’, reza el posmoderno slogan oficialista, donde cada quien puede proyectar sus propios anhelos. Aunque exitosa, no es una idea original. El peronismo -ese ordenador de la política vigente desde hace 70 años- debe su extraordinaria resiliencia a la naturaleza flexible de su corpus doctrinal, enfocado más en la aprehensión del poder que en la defensa de cualquier conjunto de símbolos o postulados. La plasticidad del peronismo no conoce límites: en la provincia de Buenos Aires, su histórico bastión electoral, el justicialismo ensaya dejar atrás hasta su identidad partidaria para transformarse en Unión Ciudadana, el reflejo de centroizquierda de Cambiemos.

En este contexto, la elección legislativa que tendrá lugar en pocas semanas constituye un test electoral de crucial importancia para el sistema político argentino. Por un lado, se pondrá a prueba la sustentabilidad de Cambiemos como nuevo polo de poder de la política argentina. Por el otro, se definirá el rumbo y ritmo de renovación de ese espacio que aún hoy llamamos peronismo.